María, de 63 años, lleva tres décadas con una enfermedad degenerativa que la postró en cama hace siete años. El dolor constante recorre su cuerpo entero. “Si no lo tenés en la pierna, lo tenés en el hombro, en la cabeza, en los huesos. Está en todos lados”, describió.
“Quiero dormirme y no despertar más. Pero ¿cómo hago si no me ayudan?”, se preguntó. A pesar de todo, crió a su hija y sostuvo una vida familiar. “Luché mucho. Crie a mi hija a pesar de todo”, dijo. Hoy lamenta no poder ni jugar con su nieta: “La vida es hermosa cuando estás bien, cuando podés. No puedo hacer nada”.
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Pide a la Justicia: “Que me escuche, que me ayude. La eutanasia quiero yo. No solo para mí, sino para mucha gente que está igual y no puede hablar. Yo tengo la oportunidad de hablar, y pido por todos ellos”. Su decisión es firme: “Lo pienso todos los días, a cada momento. No hay otra cosa en mi cabeza. Estoy totalmente decidida”. Ve la muerte como “liberación” de un cuerpo inútil: “Yo no tengo cuerpo. Tengo mente. Mi cuerpo no sirve para nada. Imagínense vivir con un cuerpo que no sirve”.
Para dormir, imagina una vida ideal: “Tengo un mundo aparte en mi cabeza: tengo familia, marido, hijos, trabajo, hago deporte, gimnasio. Es un mundo hermoso. A la noche lo veo y después me duermo tranquila”. Si la Justicia rechaza su pedido, amenaza: “No como más. No me alimento más”. De lo contrario, se sentiría “salvada”. “No puedo más. Quiero gritarle al mundo que me ayude. Necesito que alguien me ayude. Por favor. Quiero morir dignamente”.
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Desde Montevideo, Dominique Metzger habló con Florencia Salgueiro, hija de un hombre diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le quitó progresivamente la movilidad y la respiración. Él falleció en 2020 sin ver la ley aprobada en octubre de 2025, igual que su padre y hermano, también con ELA.
“Mi padre quería vivir. Lo que no podía era vivir bien”. Sabía su final inexorable y, al comprometerse su respiración, pidió no continuar. Los médicos respondieron: “Lo que usted está pidiendo es ilegal en Uruguay. No se puede adelantar la muerte de una persona”.
Su familia comprendió, pero la ley no lo permitió entonces. “Quiero tener la tranquilidad de que en el momento que no aguante más la enfermedad, no es un médico y no es mi familia, sino que yo como individuo voy a tener la libertad de decidir. Soy la que estoy sufriendo en este cuerpo, que solo yo sé cuánto estoy sufriendo”.